MUERDE MUERTOS es una editorial de autores contemporáneos, abocados a la literatura fantástica, el terror, lo erótico y aquellas obras que apuestan a estimular la imaginación.

Una de fantasmas

Marcha entrevistó a Marisa Vicentini, autora de El fantasma del rosario, novela policial de fantasmas que publicó el sello Muerde Muertos. Por Cezary Novek 
El fantasma del rosario, de Marisa Vicentini (Muerde Muertos, 2014).
Marisa Vicentini (1971) debutó con una novela de terror y misterio que se podría describir como una típica pieza de las ghost stories que poblaron la literatura fantástica durante el siglo XIX y parte del XX. Lectora de la novela gótica y de horror, aplica estas influencias en una trama simple y bien anudada, donde no faltan secretos oscuros, pesquisas detectivescas y extrañas manifestaciones de ultratumba.
El fantasma del rosario comienza con el duelo de Micaela, que acaba de perder a su madre, su hijo y su padre. Recién mudada a una mansión que acaba de heredar, permanecerá entre recuerdos y remordimientos hasta que una espeluznante presencia la saque de su letargo para sumergirla en una trama policial que mantiene al lector atrapado desde la primera a la última página. Suena a lugar común, pero lo cierto es que tiene un ritmo cinematográfico en el que la acción, los diálogos y las imágenes se intercalan con equilibrio. Hay personajes misteriosos, entrañables o irritantes —algunos más logrados que otros— que aportan chispa a la historia ambientada en Buenos Aires.
Es celebrable que podamos encontrarnos con cada vez más sellos independientes que apuesten por novelas o relatos que revisiten los tópicos clásicos del género fantástico. Títulos como El fantasma del rosario o Me verás volver de Celso Lunghi dejan de lado la pretensión académica o el intento de experimentación formal para jugarse por contar una buena historia, algo que nos regresa al disfrute de las primeras lecturas y a los relatos de fogón. La editorial responsable es Muerde Muertos, de Carlos y José María Marcos. Entre sus títulos se encuentra, por ejemplo, Beber en rojo de Alberto Laiseca.
Marisa Vicentini estudió Turismo. Vivió en Canadá parte de sus primeros años, y fue allí donde (mientras se adaptaba al nuevo entorno social y cultural) descubrió el placer por la literatura fantástica, visitando casi a diario la biblioteca de Town Mount Royal, en Montreal.
En conversación con Marcha, la autora habló un poco más sobre terror, cine, lecturas y escritura. Al respecto, señaló: “Me gusta mucho la historia. Escribí hace unos diez años atrás una novela histórica ambientada en Buenos Aires del 1600 y gira en torno a las relaciones entre blancos, esclavos e indígenas en esa época fundacional. Algún día veré qué hago con esa historia”.
—¿Qué te motivó a dedicarte a la ficción? ¿Hiciste talleres o fue un proceso de correcciones y reescritura solitaria?
—Siempre me gustó la literatura, pero nunca pensé que podría ser algo más allá de un hobby. Me di cuenta tarde de que hubiera sido muy feliz de haberme enfocado en ello. Cuando empecé a escribir cuentos fue porque me encontré con tiempo ocioso que necesitaba llenar con algo creativo: tengo una pulsión por crear que es imposible de parar, así es que tengo etapas intensas de pintora, de tejedora, de restauradora, pero fue la escritora la que se quedó.
Empecé un taller literario que me hizo descubrir las lecturas nacionales ineludibles y me enseñó el abecé de la escritura, a no contar todo, a no entusiasmarse con los adjetivos, etc. Luego volví a la vida laboral y ya no tuve tiempo de ir al taller, por lo que seguí sola y cada tanto participaba de cursos o seminarios específicos, y seguí escribiendo.
Escribo ficción porque es el impulso que me lleva, la imaginación que no para. Corregir es un dolor de cabeza, más que nada porque en el corregir termino cambiando todo y vuelvo a reescribir, con lo cual se me convierte en un proceso casi interminable y agotador, con El fantasma del rosario fue  José María Marcos quien me ayudó a sacar el exceso de comas, encontrar errores de tipeo y buscar detalles. Yo ya había tirado la toalla por cansancio.
—¿Cómo fue la experiencia en la clínica de novela que dictó Matías Serra Bradford?
—Cuando llegué a la clínica con unas cien páginas escritas me dediqué a escuchar lo que Matías les decía a los demás: se iba trabajando en una novela por clase, se leía y se corregía, y se opinaba en grupo. Es muy enriquecedor porque estás expuesto a la crítica de pares y todo lo que se dice de un trabajo o de otro te sirve. Fue el empujón que necesitaba para tomar velocidad y terminarla con un rumbo claro.
—¿Cuáles fueron tus primeras lecturas?
—Yo vivía en Montreal y no tenía muchos amigos, allá la gente es más distante y todo lleva tiempo, entonces me saqué el carnet de la biblioteca de mi barrio y me iba (con diez años) a tirarme con una pila de libros en los sillones de cuero negro que eran súper cómodos. Todos mis libros eran de vampiros, hombres lobo, duendes y fantasmas. Me gustaban las ilustraciones y luego empecé a prestar atención a los textos. Más tarde me empecé a interesar por las investigaciones paranormales, los médiums y todo eso me llevó a leer a Hans Holzer, a los Warren (la película El conjuro toca una de sus investigaciones) y cualquier publicación sobre estos temas caía en mis manos; las había en las Reader’s Digest, luego salió una colección llamada The Enchanted World de Times Life Books que me atrapó. De ahí seguí con John Saul y sus historias de terror y tantos otros escritores de libro de bolsillo cuyos nombres ya no recuerdo. Después dormía con la luz prendida. Todo esto intercalado con biografías de personajes históricos, las guerras mundiales, Jane Austen y las Brontë y la vida de todos los santos que pude encontrar, ya que los relatos de los milagros de los santos son alucinantes y a veces también dan miedo. Ése es mi popurrí literario.
—¿Qué estás leyendo actualmente?
—En la mesa de luz tengo: uno divino sobre la Primera Guerra Mundial que me regaló mi marido, uno de John Nesbo que no consigo que me atrape, acabo de terminar una biografía de Madame Curie, tengo The Serpent and the Rainbow de Davis, porque estoy investigando sobre Haití. También estuve con la obra completa de Saki y poemas de Walter de la Mare.
—¿Cómo es tu día a día con la escritura?
—No tengo nada. Sólo imágenes que se van ordenando en mi mente y que en algún momento necesito escribir. Hoy por hoy mi rincón es un sillón violeta en mi living y necesito un café, una de mis perras cerca, un cuaderno y una birome. Y sobre todo paz absoluta, que es la parte difícil del asunto, que no me hablen, que no me llamen, que no toquen el timbre. Es muy difícil para mí encontrar esos momentos, por eso tardo mucho para terminar lo que estoy pensando. A veces escribo algo en un semáforo, en una servilleta de bar, hago notas de voz en el celular, lo que sea para no olvidarme de una idea o si se me ocurrió cómo desatar un nudo. Me encantaría ser como esos que dicen que todas las mañanas se sientan tres o cuatro horas a escribir: yo no puedo imponerme nada porque me quedo en blanco.
Hace unos días escribí por primera vez un cuento en inglés y me encantó cómo quedó. Fue la primera vez que me largué a hacerlo, por un pedido particular. Quizá lo intente de nuevo en el futuro.
—Tu novela me hizo acordar a The Changelling. Me dijiste que tenés influencias del cine…
—The Changelling es una de mis favoritas, también Sexto Sentido, Stigmata, El Exorcista, Pet Sematary, Los Goonies, It, la primera Halloween, Drácula de Coppola, Poltergeist, La dama de negro, La profecíaEl orfanato, Tiburón… Son muchas, mientras no se trate de cinco amigos a los que algo va matando de a uno. Por otro lado muero por las películas históricas de la época victoriana y las épicas.
—¿Qué es el miedo para vos?
—Mi gusto por el miedo viene desde siempre, de antes de tener experiencias personales con lo que es el miedo real. Creo que tiene que ver con mi convencimiento de que los fantasmas existen y por lo tanto los espíritus humanos e inhumanos existen, y entonces el alma y un ente superior también. De todas esas creencias uno sale como asustado e imaginando cosas. Al aceptar que algo desconocido e intangible puede de repente irrumpir en nuestras vidas te quedás en el medio de lo posible y lo que puede pasar. Ese lugar me encanta.
En lo personal me encuentro en ese lugar cada tanto, cuando tiro las cartas de tarot y de forma increíble salen cosas muy específicas y verdaderas sobre lo que se pregunta, o es muy común que piense en alguien, a veces alguien lejano y esa persona me llame ese mismo día sin razón aparente. Uso Facebook porque una vez hace unos años soñé que una amiga mía de la adolescencia en mi etapa de vida en Paraná (viví un año allí), me buscaba en Face, entonces le pedí a mi hija que me ayude a abrir uno, poner mi foto y todo eso, y busqué a esa amiga por su nombre, pero no la podía encontrar. En esa búsqueda di con otra chica del grupo. Cuando le pregunté por Viviana me dijo que se había muerto de cáncer y que un mes antes me había estado tratando de ubicar para despedirse. Yo en ese momento no vivía acá, mi casa estaba alquilada y la atendieron los inquilinos que no le dijeron nada de mí ni le pasaron mi número. Dos años más tarde soñé que ella estaba sentada frente a una computadora buscándome a mí. Lloré mucho, pero me alegré de que me pudo avisar de esa manera lo que le había pasado y despedirse de mí porque evidentemente ella se comunicó conmigo.
Otra vez hace 16 años estábamos con mi marido en un hotel viejo en Miami y los dos sin referir nada el uno al otro, sentíamos miedo de ir al baño a través de un pasillo largo que había en la habitación. A  mí se me ponía piel de gallina cada vez que iba, e iba seguido, porque estaba embarazada. Una de esas veces, al entrar al baño y prender la luz, vi un gato peludo y gris a rayas durmiendo enroscadito al lado de la puerta, pegué un salto y un grito y el gato ya no estaba. Este tipo de cosas me pasan.
—¿En qué estás trabajando?
—Estoy escribiendo una novela de zombis ambientada en Haití y Buenos Aires. Aparte de eso tengo varios proyectos en línea, un libro de cuentos de terror y otro de historias de fantasmas reales, de conocidos míos que me las contaron. Pero no tengo ni tiempo ni paz para hacer todo, veremos qué sale.
—¿Leés a tus contemporáneos?
—Hay una revista inglesa que se llama Granta y cada año hace un listado de autores jóvenes que son importantes y vienen pisando fuerte. La leo: algunos me gustan, otros no. Zadie Smith es excelente y la conocí así. Como dije, Joyce Carol Oates acá empieza a ser conocida, pero es una escritora estadounidense muy prolífica cuyo nombre tiene rumor de Nobel y que me encanta. Autores nacionales voy conociendo ahora desde que se editó El fantasma… y me empecé a encontrar con ellos, me encantan y son muchos, no puedo nombrarlos sin quedar mal con alguien que omita sin querer. En la editorial Muerde Muertos los títulos editados son de los autores más interesantes y talentosos que leí últimamente.