MUERDE MUERTOS es una editorial de autores contemporáneos, abocados a la literatura fantástica, el terror, lo erótico y aquellas obras que apuestan a estimular la imaginación.

El mundo de Marcelo Guerrieri

La búsqueda de lo humano
entre la razón y el misterio


Por RAR. Marcelo Guerrieri (Lomas de Zamora, 1973) coordina talleres literarios en centros culturales del ámbito público y privado de la ciudad de Buenos Aires, tarea que desempeñó entre 2005-08 en Uppsala (Suecia) y Barcelona (España). Su libro Árboles de tronco rojo obtuvo el subsidio de fomento a la producción literaria del Fondo Metropolitano de la Cultura, las Artes y las Ciencias, y apareció por Muerde Muertos en octubre de 2012. En 2006 publicó Detective bonaerense, blognovela por la que concurrió a una mesa redonda sobre literatura digital en la 34° Feria del Libro de Buenos Aires. Su relato “El ciclista serial” obtuvo el premio Narrativa Sudaca Border 2004, seleccionado por Ricardo Piglia y publicado por la editorial Eloísa Cartonera, y en 2012 quedó finalista en el Premio Nueva Novela de Página/12.

Y PRIMERO FUE EL TALLER DE LAISECA

Guerrieri se formó en el taller literario con Alberto Laiseca, y participó becado en diversas clínicas en el Centro Cultural Ricardo Rojas (Universidad de Buenos Aires): en 2003, Pablo de Santis lo eligió para un taller junto a otros cuatro escritores jóvenes; en 2008, obtuvo el Premio Nuevos Narradores, seleccionado por Martín Kohan y Juan José Becerra; y en 2010, fue invitado a la Escuela de Escritores del Rojas, que incluyó el trabajo intensivo con María Sonia Cristoff y Carolina Sborovsky; un laboratorio de narrativa “La imaginación de lo común”, dictado por Diego Incardona, y una serie de seminarios a cargo de Federico Jeanmaire, Fernando Fagnani, Diego Bentivegna, Daniel Link y Josefina Ludmer.
—¿Recordás cuándo pensaste en ser escritor?
—Es una decisión que se fue dando sola, no a partir de un momento concreto, sino a partir del ejercicio sostenido de la escritura a lo largo del tiempo. Un hecho que podría marcar como decisivo fue cuando empecé a asistir al taller de Alberto Laiseca, por el 2002. Quería ver de qué manera mejorar lo que venía escribiendo, pero no tenía idea de que iba a durar tanto con la escritura ni de que iba a convertirme en escritor.
—¿Qué autores reconocés entre tus influencias? ¿Qué libros en particular? ¿En qué sentido te han marcado?
Cortázar, Arlt, Conti, Soriano, Quiroga, Felisberto Hernández, Carver, Cheever, Rulfo, Flannery O’ Connor, Hemingway, Salinger... Cortázar me marcó en mis comienzos: sobre todo Final del juego, Bestiario y Las armas secretas, por el extrañamiento de la realidad, la dislocación de la mirada. De Arlt: Los siete locos, Los lanzallamas y varios de sus cuentos, por la potencia de su escritura directa, el sacudón de esos mundos internos desgarrados y complejos. De Rulfo: El llano en llamas y Pedro Páramo; me hipnotiza la prosa de Rulfo, la construcción de atmósferas, el collage de discursos. Cuentos de Carver, Hemingway, Salinger y Cheever, por el trabajo con la elipsis del mundo interno de los personajes, eso de rastrear lo que pasa a partir de señales, el laburo minucioso con el mostrar. Cuentos de Flannery O’ Connor, por la sensación de estar ahí, presente en cada historia. Sudeste, Mascaró y varios cuentos de Conti, por la música de su prosa, eso de detenerse para describir un espacio cotidiano y cargarlo de poesía. Triste solitario y final, Una sombra ya pronto serás y Cuentos de los años felices, de Soriano, por la forma en que entro en su juego y disfruto de los mundos que propone, la empatía que me generan sus personajes. Los cuentos de Horacio Quiroga, por la tensión, los efectos potentes, sus historias son como piezas de colección que vuelvo a admirar y están siempre vivas. Cuentos de Felisberto Hernández por la originalidad y extravagancia de los ambientes y los personajes.