MUERDE MUERTOS es una editorial de autores contemporáneos, abocados a la literatura fantástica, el terror, lo erótico y aquellas obras que apuestan a estimular la imaginación.

“Esperamos que muchos pierdan los deditos gordos del pie mientras avanzan en la lectura de la historia”

Entrevista a los hermanos Carlos y José María Marcos en ocasión de la publicación de Muerde muertos (quién alimenta a quién…) (Muerde Muertos, 2012), por Pilar Alberdi para Sobre Literatura Fantástica
Los hermanos Marcos. Foto: Mica Hernández.
Pilar: —Dos hermanos escriben una novela juntos... Ellos son los hermanos Marcos, o, mejor, Carlos y José María. Por supuesto, es una novela que reúne diferentes subgéneros de la narrativa como el epistolar, terror, policial, fantástico, realista, erótico, humor negro... ¿Cómo se consigue aunar un estilo?

Carlos: —En principio, y en eso creo que compartimos opiniones y método con José María, no creemos que lo epistolar, el terror, lo policial, lo fantástico, lo erótico, el humor negro, etcétera, sean géneros ni subgéneros sino más bien procedimientos en algunos casos, y en otros, temas. Si hay una historia que contar, aunque sea en la línea más abstracta y argumental, podemos contarla mediante el procedimiento más efectivo que tengamos a mano. Bien podemos contar un velatorio como si fuese una fiesta, un robo como una especie de orgía, o reírnos de las desdichas de nuestros personajes y de toda situación en la vida. Elegimos lo epistolar porque nos pareció interesante el desuso en que había caído a pesar de su efectividad. Supongo que eso de aunar el estilo funciona en nosotros por la similitud en las formas de ver y proceder en el mundo.
José María: —Acuerdo en todo lo que dice Carlos, y podría agregar que en este caso lo epistolar está muy relacionado con el hecho de que nuestro padre mantuvo y mantiene correspondencia con la familia radicada en Salamanca desde hace más de sesenta años. Por este motivo, antes de que pudiéramos concretar una visita a España, nosotros conocimos Castilla y León gracias a las cartas que llegaban periódicamente a casa. Cuando comenzamos a imaginar Muerde muertos, pensamos que la mejor manera de recrear “nuestra Salamanca” era a través de esta vía. Esto, a su vez, nos hizo ver con gran nitidez cómo el pasado está poblado sólo de fantasmas y de palabras.

Pilar: —Cada uno habrá aportado lo suyo: Carlos, desde lo erótico, y José María, desde el terror, ¿no?

Carlos: —Creemos, y lo repetimos un poco en chiste, que uno de nosotros es más “muerde” y otro es más “muertos”, a partir mayormente de nuestras lecturas. Pero, la verdad, nos divierte mucho cambiar de posición todo el tiempo, porque eso nos enriquece como personas y como autores.
José María:La primera novela a dúo (Recuerdos parásitos) surgió de una idea que me rondaba y que pensaba desarrollar solo. Estaba entusiasmado en escribir una historia de terror con un comienzo clásico: un hombre llega a un pueblo una madrugada y encuentra a un muerto en una zanja. Tras este episodio, el visitante continuaría involuntariamente los pasos del difundo y sucederían varios asesinatos. Como telón de fondo, quería recrear el espíritu pueblerino de Uribelarrea, con sus sobreentendidos, sus mitos y sus verdades a medias. Se lo conté a mi hermano y él me propuso escribir a medias, ya que compartimos la infancia. Esto provocó la mutación de parte de la trama, todo se volvió más barroco y exuberante, y los asesinatos y otros pasajes se hicieron más explícitamente eróticos. La experiencia fue alucinante y enriquecedora, de gran aprendizaje, porque sirvió para crear una tercera voz distinta a nuestras obras individuales.
Carlos: —Como indica el subtítulo que figura tanto en la primera como en la segunda novela, aún no sabemos “quién alimenta a quién”.

Pilar: —La cantidad de escritores que se nombran en esta segunda novela es impresionante, como si no se hubiera querido dejar fuera a ninguno. Conste que eché en falta escritoras... Aparece Alberto Laiseca, y supongo que varios de vuestros amigos o de la gente relacionada con la Editorial Muerde Muertos, pienso también en algún nombre de librera o librero amigo... Es lo que tiene la literatura, ¿verdad? Ese afán, esa desmesura de querer reunir el mundo en un libro, y saber que siempre nos faltarán páginas... Por suerte, ¡y que nos queden muchas para escribir!

José María: —No hicimos un balance de cuántas escritoras aparecían en la historia, pero algunas están presentes todo el tiempo en nuestro imaginario, como las argentinas Liliana Bodoc, María Negroni o Alejandra Pizarnik, por nombrar un terceto. En cuanto a la cantidad de nombres, no radicó en una decisión pensada. Nuestra meta fue reflejar todo aquello vinculado con lectores, escritores, editores, periodistas, bibliotecarios, etcétera, y los nombres se transformaron en el quid de la recreación. Y en cuanto a  los amigos... siempre están ahí haciéndonos el aguante.
Carlos Marcos: —Se supone que si hemos hecho bien nuestro trabajo (el de producir una cierta cantidad necesaria de ilusión), nuestros personajes habrán cobrado vida y no habría diferencia entre los nombres reales o ficticios, autores andantes o inexistentes, lugares conocidos o imaginados. Pienso que el mundo de los muerde muertos es de una policromía que nos sorprende a nosotros mismos. Incluimos a un amigo, a un librero, a un autor, y terminamos con una monstruosa arquitectura de personajes digna de una necrópolis.

Pilar: —¿De verdad existieron como se nombra en la novela las creencias o los mitos de los “muerde muertos”? ¿Es Francia ese país de origen? ¿Qué tiene que ver Bretón en todo esto?

Carlos: —Los croque-morts existieron realmente, casi como un mito popular o profesión vergonzante, emparentados con los verdugos y enterradores, profesión transmitida familiarmente y mantenida entre tinieblas por su mismo carácter. Es más, el término “croque-morts” subsiste aún en Francia como modo denigrante hacia quienes trabajan en los cementerios o en las funerarias, del mismo modo que en el habla hispana se nombra a “chupacirios” a las personas muy religiosas, o “locólogos” o “loquiátras” a psicólogos y psiquiatras. Los muerde muertos, como nos gusta traducir salvajemente a nosotros, cumplían con el protocolo pre-médico de comprobar la efectiva muerte de un sujeto mediante una buena mordida en el dedo gordo del pie. En la época de las grandes batallas, mucho antes que Francia se configurara nación, se los utilizaba para diferenciar a vivos y a muertos mediante el mismo procedimiento.
José María: —André Bretón no tiene nada que ver con el oficio de los muerde muertos, o, al menos, eso creemos. Lo trajimos al festín de los croque-morts mediante una cita del libro El bosque sacrílego, de Jean-Pierre Duprey, prologado por el propio Bretón. Es uno de los tantos homenajes a nuestras lecturas.

Pilar: —Los temas de muerde muertos abarcan lo mejor de esta humanidad en la que participamos, pero también lo peor de los demás y de nosotros mismos. De este modo, lo fantástico cubre con un velo la verdadera esencia de estas páginas que rozan al hombre común en su debate permanente con la vida y la muerte, o lo que es lo mismo, con la compañía y la soledad, con la inmediatez y la eternidad, con la falta de fe o la esperanza.

Carlos: —Lo fantástico, tanto como el horror o lo erótico, son las excusas de laboratorio en cualquier novela. El arte es un debate constante entre las intuiciones más primitivas del hombre. La novela actual y nosotros no estamos ajenos a estas preocupaciones. Quizá se le sume un poco de ironía o humor negro a la contienda, pero la pregunta siempre sigue siendo la misma: ¿por dónde anda la belleza?
José María: —En su libro Ideas y creencias, Ortega y Gasset dice que las creencias constituyen la base de nuestra vida, el terreno sobre el cual todo acontece, “porque ellas nos ponen delante lo que para nosotros es la realidad misma. Toda nuestra conducta, incluso la intelectual, depende de cuál sea el sistema de nuestras creencias auténticas. En ellas vivimos, nos movemos y somos”. En esta novela, nosotros ponemos en primer lugar un sistema de creencias populares muy arraigadas en una tradición castellana, de la cual somos parte, que podemos notar aún viva en España pero también en muchos pueblos bonaerenses. Un libro clave para construir la arquitectura de Muerde muertos (quién alimenta a quién...) fue Brujería y otros oficios populares de la magia, del filólogo Juan Francisco Blanco, quien en la introducción dice en su investigación buscó “aportar las pruebas necesarias para demostrar que la brujería y otras especialidades de la magia han tenido y tienen un fuerte arraigo en Castilla y León”. Nos pareció una hipótesis muy acertada, porque ello habla de una forma de concebir el mundo por parte de una comunidad.

Pilar: —¿Qué repercusión ha obtenido ya el libro? He leído críticas muy favorables, y la mía también lo será. Garantizo que quien tome el libro en sus manos no lo abandonará. Lo mejor del fantástico, de la literatura de terror y policíaca, de las cartas epistolares, el erotismo... está reunido en estas páginas.

Carlos: —Muchas gracias. Nos alegra lo que nos decís. Creo que uno de los mejores halagos que recibimos es que los “muerde muertos”, estos seres con los que jugamos la ficción, están a la altura de los monstruos clásicos, y esperamos que así sea.
José María: —Para la construcción de la novela leímos muchos textos que se hallan en la Biblioteca del Centro de Salamanca en Buenos Aires, y los textos de Juan Francisco Blanco fueron definitorios para este trabajo. Por eso, fue muy importante que el propio Blanco nos recibiera el manuscrito, lo leyera y que nos confirmara que, para la mirada de un salmantino, la historia era creíble. “He leído con enorme sorpresa y grandísimo placer esta novela. La implicación de Salamanca en una trama de asunto prodigioso no puede ser más afortunada” es un piropo que atesoramos con mucha emoción. Ahora, nuestra ambición es que los lectores se diviertan con la historia tanto como nosotros lo hicimos a la hora de escribirla.
Carlos: —Sólo esperamos que muchos pierdan los deditos gordos del pie mientras avanzan en la lectura de la historia.
José María: —Y que como recompensa sientan mucho placer.

Pilar: —Hay momentos cumbres. Yo no sé cuáles te habrán señalado otros lectores, pero yo apuntaría unos cuantos sin dar aquí detalles. En realidad, serían muchos. Les diría que la tensión con la que se llega al pueblo de Ignacio es de las que más he disfrutado. Y no quiero decir más. Porque ahí hay escenas grandiosas, propias del realismo mágico, con una gran carga de ironía, de responsabilidad familiar y hasta social e histórica. Somos quienes somos y no podemos dejar de serlo; luego está lo que los demás interpretan o creen saber de nosotros. Creo que esta definición valdría.

Carlos: —Somos quienes somos y nuestros personajes también. Tenemos ganas que ellos reclamen su porción de realismo delirante, y que sus peripecias, las que les hemos inflingido con mucho placer, sean mucho más divertidas para nuestros lectores. Somos quienes somos, aunque como escritores y lectores juguemos un buen rato a ser otros.
José María: —Como dice el dicho: aunque el muerde muertos se vista de seda... muerde muertos queda.

Pilar: —Soy argentina, tanto como española, y puedo asegurar que esta obra Muerde muertos (quién alimenta a quién…) se inscribe en el imaginario argentino y más precisamente bonaerense. En ese ronroneo propio de los argentinos de darles tantas vueltas a las cosas... En las historias policíacas de Borges y Bioy Casares, en fin, en la calidad de esa literatura. Y, sin embargo, está presente España, Salamanca especialmente, con su tradición, con su mitología y su pasado. Incluso, esta forma más directa de ser que tenemos los españoles, más de luz y sombra, más de Caín y Abel, como pensaba Unamuno, como demostró la historia y como se indica en el libro.

Carlos: —Nosotros somos tanto españoles como argentinos. Nuestro padre, tremebundo salmantino, mantuvo muy viva siempre la tradición española, conservó muy fresca la imaginería popular y familiar como lo hace siempre cualquier inmigrante melancólico de su tierra, con la voluptuosidad de los recuerdos y de las pequeñas anécdotas. Él tiene habilidad ibérica de aprovechar cualquier descuido para intercalar algún comentario que haga presente la rememoración. Creo que los aires de esta novela vienen por ahí, de esa dimensión espectral del recuerdo.
José María: —Domingo Faustino Sarmiento, docente y prócer argentino, escribió algo así en sus memorias: que en su lugar de origen (San Juan) se sentía porteño; en la ciudad de Buenos Aires, provinciano; y en Argentina, extranjero. Cuando leí esa frase me sentí representado, porque pensé que de esta manera está constituida nuestra identidad. Y haciendo una traslación a mi experiencia, evalué: en Uribelarrea, de chico, me sentí porteño; en Buenos Aires, provinciano, y en Argentina, extranjero. Con el agregado de que cuando visité por primera vez Salamanca, y habiendo obtenido mi doble nacionalidad (española-argentina), recién comprendí en España que no era otra cosa que argentino, porque me había criado en un pueblo bonaerense al compás que recibía una tradición castellana que alimentaba mis fantasías. Pienso que desde esa identidad tan heterogénea, desde esta mirada, está narrada esta novela.

Pilar: —Pienso que existió, además, un esfuerzo para conseguir que la prosa estuviese en un punto que no resultase demasiado argentina, aunque en el fondo, todo el libro lo es, porque hasta uno de los personajes principales que está en España, es argentino, y también su forma de pensar y de estar en el mundo. No sólo pertenecemos a nuestra época, también a la cultura que nos ha tocado en suerte o que hemos elegido para quedarnos definitivamente en su regazo. Pero aquí hay dos culturas: este libro las reúne. Creo, percibo, que ha habido por vuestra parte un esfuerzo para no caer en demasiados argentinismos o americanismos lo que permitirá un conjunto de lectores acceder fácilmente a la obra. Por otra parte, ese conocimiento de España os viene de vuestra ascendencia. ¿Han vivido en España?

José María: —Si no hemos caído en demasiados argentinismos o americanismos ha sido involuntario. Sólo nos propusimos escribir como lo harían dos viejos argentinos, uno radicado en Buenos Aires y otro en Salamanca, que escriben pasa ser leídos a través de sus cartas.
Carlos: —En España sólo estuvimos de paseo. Pero esa habilidad ibérica, que comentaba antes, ese desprejuiciado gesto de la trasmisión lenta y cotidiana de mi padre, ha hecho que el carácter, el paisaje, las costumbres tanto como los vicios y las mañas de una ciudad como Salamanca, nos sean sumamente familiares, tanto como nuestro país. Hemos aprendido a amar al español que hay en cada argentino, así como al argentino que hay en cada español, y sus peculiaridades.
José María: —Nuestro padre viajó desde Salamanca a la Argentina en 1949 cuando tenía 18 años y siempre añoró volver, hasta que se dio cuenta que tenía ocho hijos y unas nuevas raíces imposibles de transportar. Nuestra infancia está plagada de familiares españoles (abuelos, tíos, primos), de cartas venidas de España y una gran cantidad de historias que, a la vez que vivimos y nos criamos en Argentina, hicieron que fuéramos conociendo España. En Uribelarrea, mi padre tiene un salón de fiestas que se llama “Salamanca” y está adornado con afiches de corridas de toros, de la calavera con la rama, de una pintura con el puente romano sobre el Río Tormes (donde transcurre la historia del Lazarillo) y otros elementos charros. Esto convive con ponchos gauchos, pinturas criollas y un montón de elementos propios del folklore argentino, además de un rincón con instrumentos (batería, guitarra y bajo) que usábamos tanto para tocar música nativa como rock and roll. Creo que en ese bagaje está cifrada nuestra identidad.

Pilar: —Pienso, estoy segura, que es un libro que gustaría mucho aquí en España a los amantes del género, que son muchos.

José María: —Ojalá que así sea. Nosotros amamos la literatura en general, pero hay guiños a los grandes creadores del horror contemporáneo, como Lovecraft, King o Clive Barker, y también de la novela erótica, con mucho de aquella mítica colección La sonrisa vertical, que dirigía Luis García Berlanga.

Pilar: —Carlos y José María, ¿habrá más libros en común?

Carlos: —Aún no lo sabemos. La primera novela se llamó Recuerdos parásitos y transcurría completamente en la provincia de Buenos Aires y parte en la Capital Federal. Con Muerde muertos nos atrevimos a cruzar el Atlántico, y quién sabe dónde nos puede llevar en el futuro en la complicidad de hermanos.
José María: —Los muerde muertos siempre quieren más. ¿Tal vez un viaje interplanetario? ¿Un viaje a la Luna? ¿Alien vs. los muerde muertos? ¿La conquista de Martes o de Venus? No lo sabemos aún.
Carlos: —Ehhh... no sería mala idea. Habría que pensarlo. Pensarlo dos veces, como diría el viejo Marcos.

Pilar: —Sólo me resta felicitaros por esta obra en especial y por vuestra labor al frente de la Editorial Muerde Muertos. Un sueño hecho realidad, que ha dado ya, y continuará dando excelentes frutos.